Frases célebres de Samuel Beckett

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Samuel Beckett (1906 – 1989), fue un novelista y dramaturgo Irlandés.

Se crió en el seno de una familia de amplios recursos, con influencias protestantes.

En 1920 acudió al Portora Royal School y luego se matriculó en el Trinity College.

Allí estudió Francés e Italiano, graduándose en 1927. Ejercició la docencia en Belfast antes de acudir en 1928 a la ciudad de París.

Su carrera como literato comenzó en el ámbito de la poesía, escribiendo «Whoroscope» en 1930, al año siguiente redactó un ensayo literario sobre Marcel Proust.

Su texto revelación fue la obra teatral «Esperando a Godot» en 1952, su segundo escrito teatral después de Eleutheria en 1947.

En el año 1969 le fue concebido el Premio Nobel de Literatura, que no acudió a recibir.

Te invitamos a revisar algunas de las frases destacadas y célebres de Samuel Beckett.

¿Qué puedo hacer, me digo, para que el tiempo se les haga más corto? Les he dado huesos, les he hablado de una serie de cosas, les he explicado el crepúsculo, esto es evidente. Dejémoslo. Pero ¿Es suficiente? Es lo que me tortura. ¿Es suficiente?
Y si alguna vez me callo es que ya no habrá nada que decir, aunque no se haya dicho todo, aunque no se haya dicho nada.
¡Ah, las viejas preguntas, las viejas respuestas, no hay nada como ellas!
Sí, sí, se han portado con corrección. De modo que me pregunto… ¿Qué podría hacer yo por unas personas tan buenas que se aburren?
No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza.
Estoy tranquilo. Todo duerme. Sin embargo, me levanto y voy a mi despacho. No tengo sueño. Mi lámpara me ilumina nítida y suavemente. La tengo regulada. Durará hasta que se haga de día.
Pero es inútil insistir sobre este período de mi vida. A fuerza de llamar a esto mi vida terminaré por creérmelo. Es el principio de toda publicidad.
Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy.
Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Siempre me ha sorprendido la escasa finura de mis contemporáneos, a mí, cuya alma se retorcía de la mañana a la noche tan sólo para encontrarse.
Me sentía incómodo, aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario.
Incomprensible espíritu, a veces faro, a veces mar.
Sí, en mi vida, si se puede llamar así, hay tres cosas: la incapacidad de hablar, la imposibilidad de estar en silencio, y la soledad, que es lo mejor que he hecho.
Hay que pensar en ciertas cosas, cosas que te habitan por dentro, o no, mejor sí, hay que pensar en ellas porque si no pensamos en ellas, corremos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria.
Todos nacemos locos, algunos continúan así siempre.
Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede chocarnos el aburrimiento.
Eso que llaman el amor es el exilio, con una postal del país de vez en cuando.
Cuanta más gente encuentro, más feliz soy. Con la criatura más insignificante, uno aprende, se enriquece, saborea mejor su felicidad.
Siempre encontramos alguna cosa que nos produce la sensación de existir.
Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo.
Me interrumpo para señalar que me siento extraordinariamente bien. Quizá sea el delirio.
Cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada.
A los perros viejos les llega la hora en que al oír el silbido del dueño que parte al amanecer, con el bastón en la mano, ya no pueden abalanzarse tras él.
Porque no saber nada no es nada, no querer saber nada tampoco, pero lo que es no poder saber nada, saber que no se puede saber nada, este es el estado de la perfecta paz en el alma del negligente pesquisidor.
Nada es más divertido que la infelicidad, te lo aseguro. Sí, sí, es la cosa más cómica del mundo.
He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie.
Pensemos en las horas en que, abrazados, en la oscuridad, nuestros corazones entristeciéndose al unísono, escuchamos decir al viento lo que es estar fuera, por la noche, en invierno, y lo que es haber sido lo que nosotros hemos sido, y naufraguemos juntos en una desgracia sin nombre, apretujándonos.
Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede chocarnos el aburrimiento.
Yo, que no sé nada, sé que mis ojos están abiertos, porque las lágrimas no dejan de caer.
Nada es más real que nada.
Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con sólo mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos. Seremos felices.
El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme en una sístole inmensa, después se apartaron hasta los límites del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.
Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre.
Los ojos consumidos por las injusticias se entretienen abyectos en todo aquello por cuanto han rogado durante mucho tiempo, en el último, el verdadero ruego al fin, el que nada pide.
Respirar es un hábito. La vida es un hábito o, mejor dicho, una sucesión de hábitos, ya que un individuo es una sucesión de individuos.
Las lágrimas corren por mis mejillas sin que experimente la necesidad de entornar los ojos. ¿Qué me hace llorar así? De tanto en tanto. No hay nada aquí que pueda entristecer. Tal vez se trate de cerebro licuado. En todo caso, la felicidad pasada se me ha ido completamente de la memoria, si es que alguna vez estuvo presente en ella.
Hemos acudido a la cita, eso es todo. No somos santos, pero hemos acudido a la cita. ¿Cuántas personas podrían decir lo mismo?
Empleo las palabras que me has enseñado. Si no significan nada, enséñame otras. O deja que me calle.
El sol brilló, al no tener otra alternativa, sobre lo nada nuevo.
Lo único que podemos hacer es empezar de nuevo. -Lo cierto es que no me parece difícil. -Lo difícil es empezar…
Pero un último esfuerzo, uno más, tal vez sea el último, hay que proceder cada vez como si fuera la última, es el único medio de no retroceder.
El cliente: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses. El sastre: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón.
Máscara de viejo cuero sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón.
Qué claro y sencillo se vuelve todo, cuando se abren los ojos hacia el interior, a condición desde luego de previamente haberlos asomado afuera, para mejor gozar del contraste.
Las palabras es todo lo que tenemos.
¿Qué es lo que sé sobre el destino del hombre? Podría decirte más cosas sobre rábanos.
Las lágrimas del mundo son inmutables. Por cada uno que empieza a llorar, en otra parte hay otro que cesa de hacerlo.
No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza.
Sé que tengo los ojos abiertos, a causa de las lágrimas que de ellos manan sin cesar.
¿Por qué nunca me dejas dormir? -Me sentía solo.
Espera… Nos hemos abrazado… Estábamos contentos… Contentos… ¿Qué hacemos ahora que estamos contentos?
Deplorable manía, cuando ocurre algo, querer saber qué es.

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